Del verde al negro no va tanto; un rayo cautivo en la raíz de un pino que sorprende con su aparición al día siguiente, un cigarrillo tirado desde la ventanilla de un coche, unas chispas de una radial en una obra de una casa de campo, una quema incontrolada de rastrojos, un incendio provocado con sucios intereses detrás, etc. El verde de nuestros bosques, de la naturaleza y de la vida generada durante décadas, durante siglos, se puede convertir en cenizas en unas pocas horas.

La realidad es tozuda y además, preocupante. Esta vez le ha tocado a Valencia, aunque estamos a primeros de julio y queda mucho verano como para pensar que ésta va a ser la única desgracia, lamentablemente. Este invierno nos sorprendieron los incendios en el Pirineo y en años anteriores numerosas zonas del arco mediterráneo, del interior (Teruel 2009) o incluso del norte (Asturias, Galicia, etc.). En todos casos los incendios son noticia en televisión con imágenes horribles, a veces con pérdidas humanas y de bienes materiales, rostros ciudadanos marcados por la tragedia, desesperanza, resignación, ira, etc. Cuando se apagan las cámaras, todavía con las cenizas humeando y la noticia se desplaza a otro punto de interés, las promesas políticas se las lleva el viento y vives una segunda tragedia, el desamparo de la administración que supuestamente debe ayudarte. Esa experiencia la vivimos en los incendios de Teruel de julio de 2009 y desgraciadamente se repite en la mayoría de las ocasiones.

Muchas veces hemos escuchado las causas de los incendios forestales (cambio climático, abandono de las actividades tradicionales, falta de presupuesto público, etc.) pero muy pocas veces nos hemos parado a pensar en las soluciones o en qué queremos hacer. ¿Pretendemos otorgar un interés mayor a este problema y arrimar el hombro entre todos (administración y ciudadanos) para resolverlo, o asumimos resignados que esto es lo que hay? Porque este problema no se soluciona con crítica política, ni doblando o triplicando los medios públicos de extinción y restauración de incendios (tampoco se arregla bajándolos, claro). Este problema es mucho más complejo que unas cifras en un presupuesto. Los grandes incendios forestales son el resultado de unas malas decisiones políticas y técnicas (condicionadas por las primeras) desarrolladas durante décadas, acompañadas por la inacción y el desinterés ciudadano ante esas decisiones y ante el propio bosque, un recurso ligado al hombre durante siglos y ahora abandonado a su suerte. Se han podido mejorar las técnicas de extinción y restauración de incendios, pero la administración competente por si sola no puede salvaguardar nuestro patrimonio natural, necesita del apoyo y de la acción complementaria de los habitantes del medio rural, de los propietarios forestales y de las administraciones locales.

La dificultad estriba en el cómo, qué debemos hacer para conseguir aunar intereses y esfuerzos para reactivar las actividades primarias (agricultura, ganadería, silvicultura) en el medio rural y recuperar un equilibrio entre actividad humana y naturaleza que nunca debió perderse. Fomentar el asociacionismo entre la propiedad privada forestal, desarrollar planes de ordenación de los recursos forestales para conseguir una gestión más activa, respetar el bosque autóctono y actuar más intensamente sobre las masas de repoblación, favorecer la creación de PYMES y cooperativas que aprovechen los recursos forestales locales de forma sostenible, apostar por el cambio de calderas de calefacción (gasoil por biomasa forestal), generar empleo público estable, local y de calidad en las cuadrillas forestales con actividad durante todo el año, legislar sobre la protección medioambiental teniendo en cuenta a las actividades agrícolas y ganaderas en la gestión del territorio en vez de arrinconarlas cada vez más, etc.

El Gobierno de Aragón plantea modificar las leyes para favorecer la actividad privada en los montes, ya lo ha anunciado repetidas veces. Desde la Plataforma“Nuestros montes no se olvidan”, valorando positivamente la iniciativa de querer cambiar las cosas, nos preocupan las formas. La renovación inminente de la Leyde Montes y las estrategias de actuación en los bosques para eliminar el riesgo de incendios se plantean como una mera actualización legislativa, desperdiciando la gran oportunidad de abordar un proceso participativo público donde los propietarios forestales y los ciudadanos, junto a los municipios afectados por grandes incendios, los más sensibles a esta problemática porque lamentablemente la han pasado y han visto sus consecuencias, no tengan ninguna voz. No podemos dejar pasar esta oportunidad, todos nos debemos sentir parte del problema y a la vez parte de la solución.

José Manuel Salvador, portavoz Plataforma “Nuestros montes no se olvidan”.

Pd: un cordial saludo, desde el cariño y el respeto, a todos los profesionales que se juegan la vida peleando contra el fuego, en especial a los familiares y amigos que han sufrido la pérdida de seres queridos en esa ardua tarea.

Anuncios