El 22 de julio de 2009 “estallaban” numerosos focos de incendio en la provincia de Teruel, fruto, en principio, de unas condiciones meteorológicas muy adversas. Fue invocada la regla del 30 (más de 30ºC de temperatura, vientos superiores a los 30 km/h y humedad inferior al 30%), y alguien recordó que eran las peores condiciones en 15 años.

El episodio dio lugar en el momento a numerosas declaraciones, y todavía se continúan exponiendo múltiples puntos de vista, algunos retrospectivos, buscando causas y culpables, otros proyectivos, buscando soluciones y oportunidades. Véase en este sentido el magnífico artículo de J.M. Salesa en esta misma tribuna abierta (https://nuestrosmontesnoseolvidan.wordpress.com/2010/04/20/compartimentos-estancos/).

En definitiva, el tema de los incendios forestales es sumamente complejo, pero tiene un gran riesgo: se presta a decir mucho y no hacer nada. Como ciudadano me toca el papel de “decir”, de lanzar alguna pequeña aportación a un tema que me preocupa, y quisiera centrar la cuestión en un estadio de reflexión previa y general sobre la gestión de los recursos naturales y sus patologías: el del abuso de lo que los investigadores Holling y Meffe denominan comando-control en la gestión de los ecosistemas.

El control es consustancial a las sociedades humanas contemporáneas. Continuamente, mediante leyes, reglamentos, protocolos de actuación, etc., se trata de mantener la estabilidad de los sistemas que afectan al ser humano, en busca de salud y felicidad. Los ecosistemas no se libran de este comportamiento. De hecho, a medida que la población aumenta y los recursos naturales escasean, cada vez hay más presión de control. Hoy en día, por ejemplo, un ciudadano de Teruel puede verse multado por arrancar una aliaga o un erizo del monte, cuando antaño era una práctica habitual para encender los fuegos caseros.

Pero el aumento del control en los ecosistemas nos lleva a una paradoja esencial de la conservación de la naturaleza: buscamos preservar lo que debe cambiar. Sin embargo, la tendencia natural de nuestra sociedad es la de responder con mayor control a comportamientos erráticos, sorprendentes o catastróficos de los ecosistemas. Con ello, sin darnos cuenta, podemos estar creando una “patología” en el manejo de los recursos naturales, entendida como una pérdida de elasticidad del sistema frente a factores externos, de la que se derivan sorpresas y nuevas amenazas. Si se llega a ello, los resultados ambientales-sociales-económicos producidos desde la óptica del comando-control son insostenibles. Este parece ser el caso de la gestión de bastantes montes turolenses y de su riesgo de incendio.

Ante los incendios forestales tenemos dos caminos. Uno es eliminar la investigación y el monitoreo, y concentrarse en la eficiencia y el control. Con ello, cada vez seremos más dependientes del control, necesitaremos aplicar cada vez más capital y acabaremos ignorando los cambios ecológicos y sus riesgos de colapso. El otro es el camino de las estrategias innovadoras que persigan potenciar ecosistemas más elásticos. Según Holling y Meffe, la gestión debe esforzarse en conservar los tipos y magnitudes de variación natural críticos de los ecosistemas, a efectos de mantener su elasticidad. Si se hubiese seguido este camino, quizá no se hubiesen podido evitar los incendios de julio del 2009, pero sin duda hubiese sido mucho más reducida su virulencia, y las posibilidades de regeneración natural serían ahora mucho mayores.

Como muy acertadamente señalaba J.M. Salesa, ésta puede ser una oportunidad para impulsar el mundo rural como sector estratégico. Desde aquí queremos sumarnos a esta idea de oportunidad, de mirada hacia adelante, en este caso para rediseñar la gestión de nuestros montes y no incurrir en patologías de comando-control. Y no piensen nuestros políticos que les va a salir más cara la factura. Todo lo contrario.


Alejandro Pérez
Colectivo Sollavientos

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